Ningún padre y ninguna madre peca pensando en sus hijos. Uno peca pensando en sí mismo: en lo que le falta, en lo que cree merecer, en que nadie se va a enterar.
Pero el pecado no se queda del tamaño que tenía el día en que se cometió. Crece, cambia de forma y, muchas veces, cambia de dueño. Eso es lo que quiero mostrarle hoy: cómo evoluciona mi pecado cuando tengo hijos.
Para explicarlo voy a usar un escenario. No es la historia de una persona en particular; es la de muchas que he escuchado en estos años, reunidas en una sola.
El niño que llegó temprano a casa
Carlitos tiene once años. Un día sale temprano del colegio, entra a su casa sin hacer ruido y encuentra a su mamá con un hombre que no es su papá.
Nadie le explica nada. Su mamá le pide que no lo cuente (incluso le promete que si le cumple en esa petición, lo va a querer más), y él obedece. Ese día aprende tres cosas que ningún niño debería aprender: que el amor se traiciona, que no se puede confiar en una mujer y que lo que duele se calla.
¿Y su papá? Llevaba años ausente, entregado a su trabajo y a sus propios secretos. En esa casa no falló una sola persona. Fallaron dos, y la cuenta le llegó al tercero.
Años después, Carlitos se casa con Lucía. La quiere, pero no sabe cuidarla: sabe vigilarla. Le revisa el teléfono, le cuestiona cada salida y convierte la intimidad en una manera de comprobar que ella es suya. Y un día, para no ser él el engañado, engaña primero.
La mamá de Carlitos pecó una tarde, a escondidas. Pero su pecado no terminó esa tarde. Primero fue un secreto. Después fue una herida en un niño. Después fue la manera de amar de un hombre. Hoy es el dolor de una nuera y de unos nietos que ella ni imaginaba.
Hijos que cargan el nombre del pecado
El libro de Oseas empieza con una casa rota. Dios le pide al profeta que se case con Gomer, una mujer infiel, para que todo Israel vea en ese matrimonio lo que el pueblo le estaba haciendo a Dios.
De esa casa nacen tres hijos, y a los tres se les pone un nombre que habla del pecado de los adultos: Jezreel (división o separación), Lo-ruhama ("no compadecida") y Lo-ammi ("no pueblo mío"). Los niños no habían hecho nada. Aun así, cargaban en su nombre lo que otros habían sembrado (Oseas 1).
Más adelante Dios lo dice sin rodeos. El pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento, y por haber olvidado la ley de su Dios, la consecuencia alcanzó a sus hijos (Oseas 4:6).
Y hay un pasaje todavía más duro. Dios ve a las hijas y a las nueras de Israel cayendo en fornicación y adulterio, y dice que no empezará por castigarlas a ellas, porque los hombres mismos, sus padres y sus esposos, se iban con rameras (Oseas 4:13-14). No lo digo yo, lo dice la Escritura: lo que los padres practicaron, los hijos lo heredaron como costumbre.
Oseas lo resume en una frase:
El viento es lo que yo hice. El torbellino es en lo que se convirtió en la vida de mis hijos.
El Efecto Dalila en la siguiente generación
Sansón era el hombre más fuerte de Israel, y lo venció lo que no supo gobernar dentro de sí. Eso es el Efecto Dalila: el hombre que cede a sus deseos en lugar de a lo que Dios espera de él.
Carlitos se parece a Sansón más de lo que cree. Por fuera se ve fuerte: controla, cela, reclama, impone. Por dentro lo gobierna una herida de cuando tenía once años. Lo que parece dominio es miedo. Es lo que he llamado el Vaso Frágil Masculino.
La Escritura le pide al esposo que viva con su esposa sabiamente y que le dé honor (1 Pedro 3:7). Carlitos no vive con Lucía con sabiduría, sino con sospecha. No la honra: la vigila. Y Lucía está pagando una deuda que no es suya.
Quiero ser claro en esto. La herida de Carlitos explica lo que hace, pero no lo justifica. Él no eligió lo que vio de niño. Sí elige lo que hace de adulto.
Oseas describe a personas así: sus obras no les permiten volver a su Dios, porque no lo conocen (Oseas 5:4). Ese es el fondo del problema. A Carlitos no le falta una esposa más fiel ni una madre distinta. Le falta conocer a Dios.
Si usted es el padre o la madre
Su pecado no va a quedarse siendo suyo. Tal vez su hijo no vio nada, pero los hijos perciben lo que nadie les cuenta: la frialdad, las mentiras, las ausencias, la tensión en la mesa.
Es un consejo que le doy: no espere a que su pecado termine de crecer. Vuelva a Dios hoy. Oseas dice cómo:
Lleve palabras. Diga lo que hizo, sin adornarlo.
Y si su hijo ya lo sabe, no lo deje solo con ese silencio. Usted no puede borrar lo que él vio, pero sí puede dejar de callarlo y pedirle perdón.
Si usted es el hijo
Usted heredó una herida, no una sentencia. A Lo-ammi, el hijo que se llamaba "no pueblo mío", Dios le cambió el nombre: "Tú eres pueblo mío" (Oseas 2:23). El nombre que le dejó el pecado de sus padres no es el último que usted va a llevar.
Pero ese cambio no llega solo. Su esposa no es su madre, y su esposo no es su padre. No le cobre a quien tiene al lado lo que le deben otros. Busque a Dios con esa herida y busque a alguien que lo acompañe mientras sana.
Es el tiempo de buscar a Dios
El libro de Oseas no termina en la casa rota. Dios manda al profeta a amar otra vez a su esposa y a rescatarla, porque así ama Él a su pueblo (Oseas 3). Le promete llevarla al desierto para hablarle al corazón, y convertir el valle de Acor, el valle de la desgracia, en puerta de esperanza (Oseas 2:14-15).
En este escenario todos necesitan lo mismo. La madre que pecó a escondidas. El padre que estaba ausente. Carlitos, que hiere porque fue herido. Lucía, que no sabe por qué la tratan así. Ninguno puede arreglar al otro, y ninguno puede sanarse solo.
Por eso el llamado de Oseas es para todos: "es el tiempo de buscar a Jehová" (Oseas 10:12). No cuando el hijo crezca, no cuando el matrimonio se termine de romper. Hoy.
Y la promesa también es para todos:
Dios no solo perdona el pecado del día en que se cometió. Puede sanar aquello en lo que ese pecado se convirtió.
Le dejo una pregunta para que la lleve en oración: ¿en qué se está convirtiendo hoy, en la vida de sus hijos, lo que usted hizo ayer? #ElEfectoDalila #VasoFragilMasculino