Joven orando con las manos juntas al atardecer

En el libro de Rut hay un hombre que llama la atención por la manera en que trató a una mujer. Se llamaba Booz. Era rico, tenía autoridad en Belén y pudo haberse aprovechado de una viuda extranjera y pobre que llegó a espigar en sus campos. Hizo exactamente lo contrario. La protegió, mandó a sus criados que no la tocaran (Rut 2:9), cuidó su nombre y, cuando llegó el momento de tomarla por esposa, lo hizo de frente, delante de testigos, a la puerta de la ciudad (Rut 4:1-10).

La Biblia también nos cuenta de otros hombres que hicieron lo opuesto. Siquem vio a Dina, la hija de Jacob, la tomó y la deshonró, y solo después quiso arreglar las cosas pidiéndola en matrimonio (Génesis 34:1-4). Amnón, hijo del rey David, decía estar enamorado de su media hermana Tamar, y cuando consiguió lo que quería, la aborreció (2 Samuel 13:15). Tres hombres, tres maneras de tratar a una mujer, y tres finales muy distintos.

Muchos llegamos al matrimonio sin entender de qué se trata. Nos casamos porque la novia nos gusta mucho, y eso no tiene nada de malo, pero no comprendemos a ciencia cierta cuáles son nuestros deberes. Lo descubrimos después, a veces a golpes, cuando por fin vamos a consultar la Biblia.

Por eso en esta entrega de la serie quiero hablarle directamente al varón. Al joven que ya puso los ojos en una señorita y quiere caminar hacia el matrimonio de una manera que honre a Dios y la honre a ella. Dios espera mucho de nosotros como hombres, y quiere enseñarnos a amar a nuestras esposas antes de que el daño esté hecho. Lo voy a ir explicando por pasos, en el orden en que normalmente se viven, y en cada uno vamos a ver qué dice la Escritura.

Antes de acercarse a ella, mírese a sí mismo

El primer paso no tiene que ver con ella. Tiene que ver con usted.

El salmista hizo una pregunta que sigue vigente: "¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra" (Salmo 119:9). La pregunta no es con quién se va a casar el joven, sino cómo anda. Antes de pedirle a una muchacha que confíe en usted, tiene que saber si su vida está en orden delante del Señor.

Pregúntese con honestidad si está buscando a Dios por su cuenta o solo va a la iglesia porque ella va. Si tiene algún pecado escondido que va a arrastrar a la relación. Si está listo para tomar decisiones de hombre o todavía espera que otros le resuelvan la vida.

Esto incluye algo muy práctico. Dios puso a Adán en el huerto para que lo labrara y lo guardase antes de darle a Eva (Génesis 2:15). Un joven que piensa en el matrimonio tiene que pensar también en cómo va a sostener un hogar. No hace falta ser rico, pero sí tener un rumbo. Pablo lo dijo con mucha firmeza: "si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe" (1 Timoteo 5:8). Y Jesús habló del hombre que quiere edificar una torre y se sienta primero a calcular los gastos (Lucas 14:28). Haga las cuentas del dinero, y haga también las del corazón.

Hable claro desde el principio

Hay relaciones que nunca terminan de definirse. Dos jóvenes se escriben todas las noches, se sientan juntos en cada reunión, y cuando alguien les pregunta qué son, contestan que solo son amigos. Mientras tanto, el corazón de ella se va enredando y él disfruta la atención sin comprometerse a nada.

Eso no corresponde a un hombre de Dios. El Señor enseñó: "sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no" (Mateo 5:37). Si a usted le interesa una señorita con miras al matrimonio, dígaselo con respeto y con claridad. Y si no tiene esa intención, no juegue con sus emociones.

Hablar claro también significa ser honesto sobre quién es usted. Si tiene deudas, un pasado que pesa o luchas que todavía está venciendo, llegará el momento de contarlo. "El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado" (Proverbios 10:9).

Llegue a su casa por la puerta principal

La Escritura manda honrar a padre y madre (Éxodo 20:12), y eso tiene una aplicación directa aquí. Esa señorita tiene un padre y una madre que la criaron, que oraron por ella y la cuidaron durante años antes de que usted apareciera. Tienen derecho a conocerlo, y si sus intenciones son buenas no tiene nada que esconderles.

Cuando Abraham buscó esposa para Isaac, su siervo no se llevó a Rebeca a escondidas. Entró a la casa, habló con Labán y con Betuel, explicó para qué había venido y esperó su respuesta (Génesis 24:33-51). Incluso se le preguntó a la misma Rebeca si quería ir, y ella respondió: "Sí, iré" (Génesis 24:58). Todo se hizo a la vista de la familia.

Booz hizo lo mismo. Pudo haber resuelto el asunto en privado, pero fue a la puerta de Belén, reunió a diez ancianos y arregló todo públicamente (Rut 4:2). Así se comporta un hombre que no tiene nada que ocultar.

Si el padre de ella no está, o no es creyente, busque igual el consejo y el respaldo de personas maduras en la fe. No camine solo en esto. "En la multitud de consejeros hay seguridad" (Proverbios 11:14).

Trátela como a una hermana antes que como a una novia

Pablo le escribió a Timoteo, que era un hombre joven, que tratara "a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza" (1 Timoteo 5:2). Antes de ser su novia, ella es su hermana en Cristo, y mientras no sea su esposa, eso es lo que sigue siendo.

En la práctica, significa que usted la va a cuidar como cuidaría a su propia hermana. Una buena pregunta para hacerse es esta: ¿me gustaría que otro muchacho hiciera con mi hermana lo que yo estoy haciendo con esta señorita? Si la respuesta es no, ahí está el límite.

La Biblia es muy clara en cuanto a la pureza sexual: "la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia" (1 Tesalonicenses 4:3-5). El versículo siguiente agrega algo que casi no se menciona: "que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano". Cuando un joven toma de una muchacha lo que todavía no le pertenece, le está robando a ella, a su familia y, si la relación no termina en boda, al hombre que algún día será su esposo.

La historia de Amnón es una advertencia seria. Decía amar tanto a Tamar que se enfermaba por ella (2 Samuel 13:2). Pero lo que sentía no era amor, era deseo. Cuando la forzó, la Biblia dice que "el odio con que la aborreció fue mayor que el amor con que la había amado" (2 Samuel 13:15). El deseo que no se sujeta a Dios no edifica a nadie. Consume y luego desecha.

Por eso el responsable de poner los límites es usted. No espere a que ella diga que no. Evite quedarse a solas con ella en lugares donde la tentación sea fácil. La Palabra no le dice que resista las pasiones juveniles, le dice que huya de ellas (2 Timoteo 2:22). José no se quedó a discutir con la mujer de Potifar; dejó su ropa y salió huyendo (Génesis 39:12).

Y todo esto empieza en los ojos. Job dijo: "Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?" (Job 31:1). Lo que usted alimenta en su mente cuando está solo va a salir cuando esté con ella. Si tiene un problema con la pornografía, enfréntelo ahora, con ayuda, antes de llevarlo al matrimonio. Jesús dijo que mirar a una mujer para codiciarla ya es adulterio en el corazón (Mateo 5:28).

Cuide el nombre de ella como cuida el suyo

Hay un detalle precioso en la historia de Booz. Cuando Rut llegó a la era de noche, él la protegió y a la mañana siguiente la despidió antes de que hubiera luz, porque dijo: "No se sepa que vino mujer a la era" (Rut 3:14). No había pasado nada indebido, pero a Booz le importaba la reputación de ella.

Un joven que ama de verdad cuida el testimonio de su novia. No la expone en las redes, no presume de ella delante de sus amigos, no cuenta sus intimidades y no la pone en situaciones que den de qué hablar. Pedro les dice a los esposos que traten a la mujer "dando honor" (1 Pedro 3:7). Ese honor no empieza en la boda. Se aprende desde ahora.

Aprenda a liderar sirviendo

Algunos jóvenes confunden liderazgo con mando. Creen que ser la cabeza significa decidir todo, controlar con quién habla ella o revisarle el teléfono. Eso no es lo que enseña la Escritura.

El modelo que Dios da es Cristo: "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella" (Efesios 5:25). Cristo dirige entregándose. Lavó los pies de sus discípulos (Juan 13:5). Puso primero a los demás. Ese es el tipo de hombre que usted tiene que empezar a ser durante el noviazgo.

Liderar en esta etapa es tomar la iniciativa en lo espiritual. Orar por ella, proponer que lean juntos la Palabra, animarla a crecer en su relación con Dios y no a depender de usted. Es también tomar la iniciativa en las conversaciones difíciles: qué piensan de los hijos, del dinero, de las familias de cada uno, de dónde van a congregarse.

Y liderar es ser paciente. El amor "no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor" (1 Corintios 13:5). Si nota que se enoja fácilmente con ella, que la presiona o que necesita tener siempre la razón, préstele atención a eso. No se va a corregir solo con el anillo.

No despierte el amor antes de tiempo

En el Cantar de los Cantares aparece tres veces la misma advertencia: "que no despertéis ni hagáis velar el amor, hasta que quiera" (Cantares 2:7; 3:5; 8:4). Hay un tiempo para cada cosa (Eclesiastés 3:1), y el romance también tiene el suyo.

Esto tiene que ver con el ritmo de la relación. Hay quienes a las pocas semanas ya están prometiendo amor eterno y hablando de los hijos que tendrán. Esas palabras atan el corazón de una muchacha, y si la relación no prospera, el daño es grande. No prometa lo que todavía no puede cumplir.

Tampoco alargue el noviazgo sin razón. Un noviazgo de muchos años sin fecha, sin plan y sin dirección desgasta a los dos y hace crecer la tentación. Pablo reconoce que "mejor es casarse que estarse quemando" (1 Corintios 7:9). Jacob trabajó siete años por Raquel, es verdad, pero sabía exactamente para qué estaba trabajando, y la Biblia dice que esos años "le parecieron como pocos días, porque la amaba" (Génesis 29:20). Tenía una meta clara.

Cuando llegue el compromiso, hágalo con seriedad

Pedir la mano de una señorita no es un momento para presumir en redes. Es el comienzo de un pacto. Hable primero con sus padres, dígales cuáles son sus intenciones y cómo piensa cuidar a su hija, y escuche lo que tengan que decirle, aunque no le guste todo.

Cuando ella diga que sí, recuerde que el compromiso no es permiso para relajarse. Estar comprometidos no es estar casados. En la ley de Moisés, la joven desposada ya era tratada con el respeto de una esposa, pero la unión no se consumaba hasta el día de la boda (Deuteronomio 22:23-24). La pureza sigue siendo la misma hasta entonces.

Use este tiempo para prepararse en serio. Busquen orientación de personas maduras en la fe y hablen de las cosas prácticas: dónde van a vivir, cómo van a manejar el dinero, qué espera cada uno del otro. Y prepárese para lo que dice Génesis 2:24: "dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne". Usted va a formar un hogar nuevo. Eso implica cortar ciertas dependencias y poner a su esposa en el lugar que le corresponde.

Lo que pasa cuando nadie nos enseñó

Hace un tiempo me tocó acompañar a una pareja. Ella había sido criada para sacarle el mayor provecho a su belleza. Él se crió entre hombres machistas. Se casaron muy jóvenes.

Cuando nació el primer hijo, pasó lo que es natural que pase. La esposa se volcó en el cuidado de su pequeño, y por un tiempo sus necesidades afectivas, y las de él, quedaron en segundo plano. Eso trajo cierto alejamiento entre los dos. Era una separación momentánea, propia de una etapa que casi todos los matrimonios atraviesan, pero él no la vio así. Su manera de protestar fue convencerse de que había otro hombre. De ahí pasó a creer que tenía derecho a su felicidad, y buscó a otra mujer. La esposa se enteró e hizo lo mismo.

A partir de ese momento cada uno dio sus pasos por su lado, y todos iban en dirección contraria. La brecha se hizo más grande cada día. El asunto llegó a los tribunales, y las autoridades terminaron dictando órdenes de alejamiento.

En medio de todo eso, él buscó a Dios y llegó conmigo esperando que le solucionara todos sus problemas. Pero cada consejo bíblico se convertía para él en un reto. Cuando le hablaba de honrar a su esposa, de atenderla, de cuidarla, siempre respondía lo mismo: que no era posible ni justo que él diera todo eso sin recibir nada a cambio.

Ese argumento suena razonable, pero no es el del Evangelio. Pedro les dice a los maridos: "vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil" (1 Pedro 3:7). Las versiones más antiguas dicen "habitad con ellas según ciencia", es decir, con conocimiento. Amar a la esposa con ciencia es estudiarla y entenderla, saber qué necesita en cada etapa, también cuando un recién nacido le ocupa el día y la noche. Y el mandato no viene con condiciones. Cristo no esperó a que la iglesia lo amara para entregarse por ella. "Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5:8). Jesús lo dijo sin rodeos: "si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?" (Lucas 6:32).

Para un muchacho criado entre machistas, eso era completamente nuevo. Le habían enseñado que el hombre recibe y la mujer se acomoda, y la Palabra le pedía exactamente lo contrario.

La influencia de los hombres mayores

Esta historia me hizo pensar en la terrible influencia que los hombres mayores ejercemos sobre los jóvenes. Ese muchacho no inventó su manera de ver a la mujer. La aprendió de los hombres que lo criaron. Lo que vio en ellos fue lo que repitió en su propio matrimonio.

La Escritura pone esa responsabilidad sobre nosotros. Pablo le pide a Tito que los ancianos sean "sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia", y que exhorte a los jóvenes a que sean prudentes, presentándose él mismo "como ejemplo de buenas obras" (Tito 2:2, 6-7). Los jóvenes aprenden más de lo que nos ven hacer que de lo que les decimos. Si los hombres mayores tratamos a nuestras esposas con desprecio, con frialdad o como si nos debieran algo, eso es lo que vamos a heredarles.

Y hay algo más. Vivimos en un tiempo en que a Dios solo se le busca cuando la desesperación es extrema. Llegamos a Él con la esperanza de que borre de la memoria de nuestras esposas todo el daño que les hemos causado, como quien le pide un deseo al genio de la lámpara. Pero Dios no es un genio. Él perdona y restaura, eso es cierto, pero también nos llama a vivir de otra manera. "Buscad a Jehová mientras puede ser hallado" (Isaías 55:6). Y Pablo advierte: "todo lo que el hombre sembrare, eso también segará" (Gálatas 6:7). Lo que un hombre siembra en su matrimonio, tarde o temprano lo cosecha.

Por eso todo lo que hemos visto en este artículo importa tanto antes del sí. Lo que un joven no aprende durante el noviazgo no desaparece con la boda. Se lo lleva consigo al matrimonio, y muchas veces sale a la luz cuando llegan los hijos y aumentan las presiones.

Para terminar

La Escritura cierra la historia de Isaac y Rebeca con una frase sencilla: "y tomó a Rebeca por mujer, y la amó" (Génesis 24:67). Detrás de esa frase hubo oración, la bendición de una familia, una pregunta hecha con respeto y un sí dado con libertad.

Dios espera mucho de nosotros como hombres. Espera que a través de nuestra manera de amar, nuestras esposas puedan ir viendo algo de su rostro. La bendición que Dios le dio a Israel decía: "Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia" (Números 6:25). Un esposo que ama como Cristo ama, que cuida, que honra y que da sin llevar la cuenta, se convierte en un reflejo de ese rostro dentro de su propia casa.

Booz cuidó a Rut antes de casarse con ella, y por eso pudo casarse con la frente en alto. Amnón usó a Tamar y terminó despreciándola. La diferencia no estuvo en lo que sentían, sino en si estaban dispuestos a obedecer a Dios.

"El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová" (Proverbios 18:22). Es un regalo, y a los regalos de Dios se les trata con reverencia. Dios puede enseñarle a amar a su futura esposa, si usted se lo permite desde ahora.

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