Hay historias que se repiten tanto que uno ya sabe cómo terminan. Esta es una de ellas.
Una mujer casada, que no conoce a Dios. Su esposo cae en adulterio y ella, herida, elige el mismo camino. Él no lo soporta. Regresa a la casa, pero regresa a reprocharle, a tratarla mal, a cobrarle cada día lo que ella hizo. Luego consigue otra mujer y se va. Pasa el tiempo y vuelve, seguramente porque con la otra tampoco le fue bien. Y otra vez los reproches. Y otra vez otra amante. Y otra vez el abandono.
Hoy esa mujer está deprimida. La amante de turno es muy joven, muy hermosa, y él lo grita a los cuatro vientos: ahora sí es feliz.
Yo he visto esto muchas veces. Y regularmente termina igual. La mujer que acepta ese tipo de relación se decepciona, abre los ojos o le hace una mala pasada. Entonces él regresa. Y el ciclo vuelve a empezar.
La pregunta es: ¿hasta cuándo?
Una mujer que sabía lo que es tener una rival
Hay una mujer en la Biblia que sabía muy bien lo que es tener una rival. Se llamaba Ana, y su historia está en el primer libro de Samuel. Su esposo, Elcana, tenía otra esposa, Penina. Penina le había dado hijos. Ana no podía tenerlos. Y cada año, cuando subían al templo, su rival la provocaba y la hacía sentir menos.
Ana lloraba y no comía. ¿Le suena familiar? Otra mujer que tiene lo que usted no tiene. Otra mujer que se luce. Un esposo que no termina de entender su dolor.
Pero fíjese en lo que Ana no hizo. No se puso a competir con Penina. No buscó venganza. No trató de ser más joven ni más hermosa. Se levantó, entró al templo y derramó su alma delante de Dios.
Oraba con tanta angustia que solo se le movían los labios. El sacerdote Elí la vio y pensó que estaba borracha. Ella le respondió que no:
Así se ve el dolor de verdad. Hay quien lo confunde con debilidad. Hay quien lo confunde con locura. Hay quien, como Elí, lo confunde con borrachera. Pero Dios no lo confunde.
Y aquí está lo que más me impresiona de Ana: después de orar, se fue, comió y ya no estuvo triste (1 Samuel 1:18). Todavía no tenía al hijo. Penina seguía en la casa. Nada había cambiado afuera. Cambió ella.
Su batalla no es contra la otra
Eso es lo que quiero decirle a esta mujer, y a cualquiera que esté en su lugar.
Su batalla no es contra la otra. Nunca va a ganar una competencia de juventud o de belleza, y no tiene por qué entrar en ella. Su batalla es por usted: por su dignidad, por su paz, por su lugar delante de Dios.
Lo digo desde mi propia historia. Yo viví en adulterio, y mi esposa también cayó en adulterio. Conozco ese ciclo desde adentro. Pero hoy no lo acepto ni lo tolero en mi vida. Y cuando ella ve que yo actúo en esa línea, se dan cambios en la relación.
No porque uno controle al otro. Porque uno deja de negociar lo que Dios no negocia.
Marcar un alto
Eso es marcar un alto. No es gritar. No es vengarse. No es rogar que él regrese. Es decir, con la vida y no solo con palabras: aquí ya no. No a la infidelidad. No a los reproches. No al maltrato.
El adulterio no se sana con otro adulterio. El desprecio no se sana compitiendo. Y un ciclo no se rompe esperando a que el otro cambie primero.
Si usted es esa mujer, empiece donde empezó Ana. Vaya delante de Dios tal como está. Llore si tiene que llorar. Dígale lo que nunca le ha dicho a nadie. Él la escucha, aunque todos a su alrededor la malinterpreten.
Y si la tristeza ya no la deja comer, dormir o levantarse, no la cargue sola. Busque a alguien de confianza en su iglesia, un consejero o un médico. Pedir ayuda también es un acto de fe.
Dios se acordó de Ana. También se va a acordar de usted. #VolverEnSi